No hay día en el que no quisiera salir corriendo. El desplazarse se ha vuelto un «ir sobre rieles». Soy como un tren que frena únicamente en las estaciones que el sistema social, en el cual hemos crecido, me concede. Está todo ya tan prescrito, tan normado. Y lejos de querer romper las normas, más parece que los que simpatizan con las resistencias desean crear reglas nuevas, e implementar castigos más severos ante su desobediencia.

Me pregunto ¿Qué sentido tiene vivir si no encontramos felicidad en ello? Y no es que la felicidad sea ficticia, o peor aún, inexistente. Acorde a las enseñanzas del estoicismo, la felicidad es el fin ultimo de la vida, pero, no podemos ser felices sin ausencia o exceso de placer. El placer inmediato y banal pone en riesgo la posibilidad de obtener un placer futuro y mucho más gratificante. El exceso de placer, sumado a su flujo constante, pone en riesgo la posibilidad misma de sentir placer; como un heroinómano que se inyecta a tal grado que en el ocaso de su adicción se pica solo para estar «normal» y «funcional» y ya no para sentir placer.

El sufrimiento es algo generalizado, a donde volteo lo hay, en mayor o menos medida. Parafraseando a Donquixote Doflamingo «Niños que nunca han conocido la paz y niños que nunca han conocido la guerra tienen diferentes valores. Los que están en la cima determinan lo que esta bien y lo que esta mal». Desde sabios hasta intelectuales, desde Siddharta Gautama hasta Gramsci, toda persona que haya sido lo suficientemente sensible en su experiencia vital, y la del Prójimo, habrá entendido que la vida es un calvario si esta es privada de la posibilidad de obtener felicidad.

Pero felicidad y placer no son la misma cosa. Profeso, personalmente, la definición que Sartre da de felicidad, entendiendola como «amar lo que uno hace». Eso es distinto a «hacer lo que uno ama», principalmente porque, si uno hace lo que ama, lo que ama se reduce a una contada serie de cosas o situaciones de las cuales uno puede ser privado. En cambio, si uno ama lo que hace, no habrá momento alguno en el que no sea feliz.

En nuestras neocolonias situadas en el sur global, solemos oponer (al más puro estilo estructuralista) valores y cosas. Oponemos la felicidad a la tristeza, el amor al odio (o a la indiferencia), el dolor al placer, el valor al miedo. En realidad, creo (sin apetito de decir de quién aprendí tal truco) que antes que oposiciones tajantes, estas oposiciones son codependientes, y son inentendibles la una sin la otra, así como el yin-yang nos enseña que dentro de toda cosa hay una partícula de su antónimo.

Aún así, el placer y la felicidad van de la mano, pues, sin felicidad no hay placer, aunque puede haber placer sin felicidad. A día de hoy, observo los hilos invisibles del poder con el que se nos manipula y coersiona a actuar de una u otra manera; a pensar de tal o cual modo. La vertiginosa velocidad con la que funciona el mundo no nos da un respiro para frenar y evaluar conscientemente qué debemos hacer o a donde debemos ir. Repito, es un ir-sobre-rieles. Martin Heidegger le llamó a esta desenfreno ajeno a cualquier noción de moderación «avidez de novedad«.

La avidez de novedad es un mal moderno, occidental, me atrevería a decir. La avidez de novedad está presente en la sección de «noticias» (también llamadas con el anglicismo «feet») de las redes sociales que usamos cotidianamente. Siempre hay algo nuevo. Homenajeando mal a José Emilio Pacheco «la novedad más nueva», está ahí. Pero es tan común el uso de las redes sociales para mediar la comunicación entre conciencias-libres que el que cualquiera de estas se aleje es tomado por el resto de conciencias como un insulto o una falta.

Soy realista; a día de hoy, ni las personas que se hacen llamar «críticas» se interesan por la filosofía, mucho menos por la religión. La búsqueda de respuestas sobre nuestras inquietudes ha sido secuestrada por las ciencias sociales, manejadas por sectas académicas gobernadas por paradigmas posmodernos que nos imposibilitan hablar sobre verdades (no Verdades o VERDADES) ni hacer síntesis parciales a partir de las conclusiones que obtenemos en la medida en la que vamos viviendo nuestro día a día.

Sin embargo, los conceptos, las críticas y posibles soluciones que la filosofía y la religión han planteado a lo largo de los milenios de tradición que las respaldan siguen ahí, disponibles para quien se atreva a aventurarse en lo que Michel Foucault llamó «la fiesta del pensamiento».

Entonces ¿Qué ocurre ahora? Ahora, que estamos en plena pandemia, atorados a presenciar los horrores de nuestras metrópolis coloniales, propongo un esbozo, sencillo y a la vez complicado, sobre una praxis más o menos liberadora. Me inspiro en gran medida en lo que mi (y nuestro) maestro, Enrique Dussel, propone en la «filosofía de la liberación», libro que, como el vino, mientras más años pasa, más sentido toma, casi en un sentido profético.

Retomo mi tesis del principio, planteando que, en el sistema social en el cual nos encontramos inmersos (e inmersas, evidentemente, pero perdonen de antemano que, en adelante, para usar un lenguaje sexualmente neutral recurra al genérico masculino) en una red de rieles. Tenemos que entender que nuestros cuerpos están enrielados, y por ende, nuestro desplazamiento está limitado.

Para vivir requerimos, en primer momento, mantener nuestro cuerpo funcional, para lo cual requerimos de comer, vestir y dormir y autorregularnos. Esto, biológicamente, se conoce como homeostasis. Naturalmente, nuestra homeostasis es investida de elementos culturales, que bien pueden ser explicados (aunque con claras deficiencias por la antigüedad de los textos) por las mitológicas, de Lévi-Strauss.

Dicha homeostasis era relativamente fácil de solventar en formas de producción previas al capitalismo, sobre todo en grupos humanos de pocos integrantes. Se podía cazar o recolectar alimentos. Se podía beber el agua de los ríos, tanto por su nula contaminación como por la mayor resistencia de nuestro sistema inmunológico. Incluso el defecar era una actividad colectiva, en la cual era necesario «cuidarnos las espaldas» de algún depredador o enemigo.

Las formaciones tribales, anteriores y actuales, tienen la fortuna de generar sus propios medios de subsistencia. Producen su comida, sus viviendas, sus ropas, sus formas de convivencia, se gobiernan a sí mismas. Sin embargo, la industrialización acelerada y desarrollo irreflexivo de la tecnología, producirían lo que Deleuze y Guattari llamarían desterritorialización, que designa al avance espacial de sistema de producción capitalista.

Es menester recalcar que, contrario a los que las personas con tendencias libertarias asumen, el capitalismo no es meramente un sistema económico basado en la propiedad privada de los medios de producción y en la inyección de valor a las mercancías en las fábricas por medio del tiempo de trabajo que la mano de obra coloca en sus creaciones. El capitalismo es una forma de organización social. Antes que producir mercancías, el capitalismo produce subjetividades, es decir, condiciona nuestras conciencias.

Además, el capitalismo no es homogéneo, pues ha atravesado distintas fases: desde el capitalismo mercantil vigente en la transición de la edad media a la modernidad durante el periodo colonial de América Latina (es decir, el llamado virreinato) hasta el capitalismo global actual, que ha sido llamado de muchas maneras para saciar el ego de múltiples académicos posmodernos y marxistas de escritorio.

Por decirle de algún modo, el capitalismo que vivimos hoy, 8 de enero del 2021, es llamado tardocapitalismo. Este sistema de producción tiene ciertas caracteristicas, por ejemplo:

  1. La excesiva automatización de los procesos fabriles, en los que el obrero, la clase social revolucionaria según Marx, es casi prescindible.
  2. El recorrido internacional de las mercancías bajo la línea de ensamblaje Toyotista. Hoy, una mercancía como un auto, por ejemplo, es ensamblada en México, con metal de la India, cuyas piezas son producidas en Vietnam y los minerales provienen de Chile, para que, finalmente, ese auto sea vendido en Viena o Praga.
  3. La precarización de los trabajos ha implicado que se gane menos dinero, de menor valor, y con productos más caros.
  4. Evidentemente, las mercancías que consumimos no surgen por generación espontanea. Pasan por el llamado proceso de producción, que no es más que su fabricación, a secas. Este proceso de producción es posible gracias a lo que se conoce como medios de producción, que son los materiales que se transforman en mercancía al ser fabricados. Estos medios de producción provienen de la naturaleza, de los bosques, selvas, mares, ríos. Estos ecosistemas son algo tan sagrado e insustituible que su existencia solo ha sido posible por millones de años de terraformación del planeta. Estos son periodos de tiempo que no podemos ni imaginarnos.
  5. El capitalismo (y no solo el capitalismo, también el socialismo soviético) destruye la naturaleza para obtener medios de producción con los cuales producir mercancías que unos fabrican para que otros consuman. Para ello requieren de la desterritorialización, que es su expansión por el espacio, transformándolo así en territorio.

Estos son solo algunos de los elementos del tardocapitalismo que persisten en otras etapas del capitalismo. Lo cierto es que, las personas habitamos la tierra, el mundo. Y este mundo tiene ciertas condiciones, es decir, circunstancias. Estas circunstancias son llamadas condiciones materiales de existencia, que no es más que el entorno en el que habitamos, nuestro medio, nuestro ecosistema. Es el mundo con el cual nuestra conciencia está en contacto continuo, y que, en cierto modo, la terminan afectando.

En este sistema, que prefiero llamar simplemente, sistema social, vamos sobre rieles. El control del capitalismo es tal que incluso el tiempo es gestionado por este sistema; específicamente por los actores o segmentos sociales que los gobiernan (las elites económico-políticas y aquellos que aspiran a ser como ellos). Heidegger les llamó los poderosos Otros.

A diferencia de las formas sociales tribales, en donde la homeostasis se solventa con cierta facilidad (aunque implicando otros riesgos) en el capitalismo estamos presos por el dinero, en su forma más profana: la moneda. Toda nación tiene su moneda. La moneda está investida de valor, un valor simbólico que surge, según Marcel Mauss, de su circulación en un sistema económico. No obstante, la moneda se puede resumir burdamente en el valor total que tiene un estado-nación. Este valor es determinado por diferentes elementos, que van desde su posibilidad de solventar la homeostasis hasta la crueldad e inhumanidad de sus fuerzas armadas.

Para nosotros, pobres ciudadanos de a pie, clase trabajadora, condenada a recibir escupitajos, migajas y limosnas a cambio de entregar, casi a punta de cañón, nuestro tiempo de vida, la forma de solventar nuestra homeostasis es por medio de la moneda. Como dijo quien considero mi mentor , Emanuel Rodríguez , «La comida en el capitalismo no está hecha para comerse, está hecha para venderse».

Para que comamos la flora y fauna padece una crueldad atroz, que no desaparece por el hecho de elegir no comer carne. Para que durmamos se vende la tierra, el espacio, y se erigen edificaciones que, con el paso de los años, se van encareciendo, tanto su renta como su compra. Para vestir pasa lo mismo. Ni siquiera pensemos ya en la economía de servicios como el internet o el mercado de datos. La propiedad privada implica que, todo aquello que necesitamos para vivir tiene un dueño.

Si caminamos es para obtener la moneda, el dichoso dinero, el Capital. El capital lo cambiamos para solventar nuestra homeostasis, y, como buenos citadinos, para satisfacer los deseos que la publicidad nos implanta con la promesa de felicidad.

La publicidad camufla el placer por la felicidad. Muchas veces he deseado comprar una moto, no por la moto en-sí, sino por el placer que me causaría viajar con ella, y una acompañante, en la parte trasera, abrazándome. Como dijo Deleuze, «no deseamos las cosas, deseamos las circunstancias que rodean esa cosa, y al desearla, construimos ese mundo». De ahí que Deleuze entendiera el deseo como fuerza creadora, y como acto primero y primordial de la voluntad de nuestra conciencia. Pero como dijo Jacques Lacan «lo que se gana de un lado se pierde del otro. Nunca nada se solventa cabalmente».

Desear mercancías, servicios, o circunstancias, además de crear ese mundo, es crear el fetichismo. Esto es, simplemente, pensar que el objeto existe por sí mismo, y no que es el resultado de una transformación de la materia.

Por ello vamos sobre rieles, y al ir sobre rieles nuestra libertad se ve coaccionada. Seguimos rutas fijas. Vamos de la casa al trabajo, a la escuela, al bar, y de regreso. Con la pandemia, la clase trabajadora y comerciante sigue con esta rutina, y los que tenemos un pedazo de privilegios reducimos nuestras rutas a «de la cama a la mesa» o «de la cama al baño».

Es aceptar las condiciones del sistema social lo que pone en riesgo nuestra felicidad. Repito que, de nada sirve la vida si no se es feliz, y la felicidad no se obtiene por el placer. Quitándonos la libre solvencia de nuestra homeostasis, los poderosos Otros nos privan de la condición de posibilidad de encontrar la felicidad. La felicidad podría estar al compartir el pan, al ver crecer las plantas, en la compañía de nuestros seres amados. Si habremos de morir, no habría que preguntarnos si nuestra vida habría de ser digna. Por eso, por más que lo desee, no es legítimo salir corriendo.

-Rizomarx D. Less