El título de este panfleto es un homenaje al celebre trabajo del filósofo de la escuela de Fráncfort, Herbert Marcuse, titulado: «Razón y revolución». Detrás de la transformación radical de la estructura de un sistema social, por obra de la subversión de la clase social dominada existe una racionalidad. A partir de lo que observamos (usted y yo), he llegado a pensar que parte de esa razón antecede a una profunda pasión que emanada por ciertas circunstancias que procederé a describir.

En el prologo de «Los condenados de la tierra» de Frantz Fanon, Jean Paul Sartre diría lo siguiente: «Tengan el valor de leerlo [el libro de Fanon], les hará sentir vergüenza [a la sociedad francesa de ese momento], y como dijo Marx, la vergüenza es un sentimiento revolucionario». Y vergüenza es lo que siento hoy, aquí, justo ahora.

Hace algunos años, cuando era más joven e ingenuo de lo que aún soy, creía fervientemente en la necesaria llegada de un cambio social radical que partiera del desarrollo espiritual de las personas. Creía que bastaba con que alguien conociera la Cabalá, la Alquimia o el Hermetismo para decidir tomar conciencia sobre sí mismo y sobre el mundo que nos rodea. Paulatinamente mis creencias fueron cambiando hasta marchitarse y abrazar la desesperanza. Por la formación académica que trajo consigo la elección de estudiar Antropología Social, encontraba explicaciones justificadas del motivo por el cual nuestra existencia como seres humanos está saturada de dolor, injusticia y esclavitud.

Día y noche me cuestioné la posibilidad de un cambio contundente, que nos permitiera ser felices, no a unos pocos, ni a la mayoría, sino a todos por igual. No fue sino hasta que la pandemia de COVID-19 se desató, impactando hasta el más aislado campo de nuestra vida cotidiana, que entendí el problema de mis esperanzas en una revolución. Es un problema obvio y hasta ridículo, pero como bien dice aquel refrán «si digo que la burra es parda es porque tengo sus pelos en la mano».

Dicho problema era el tiempo, y el deseo de la inmediatez de ese objetivo. Lo deseaba ver, como es natural, para disfrutar de la paz que traería consigo el vivir en esa utopía. Pero bien sabemos los que tenemos interés por las ciencias sociales que una utopía es imposible, porque la naturaleza de las interacciones humanas es primordialmente conflictiva. Es por ello, que desprendido de mi deseo de presenciar y disfrutar de algo que no veré en vida, me atrevo a levantar mi voz, textual y silenciosa:

¡Es humillante!

Las resistencias han llegado a su fin. Si casi nadie lee libros en las neocolonias en las que vivimos ¿Cómo hacer panfletos analógicos que generen cambios reales en los lectores? Mientras haya difusión de panfletos digitales el panoptico de Google y Facebook podría desterritorializar toda forma de subversión, o peor, hacernos creer (como, infiero, es mi caso) que estamos desafiando el «status quo» cuando realmente lo estamos manteniendo y reforzando.

Y por Desterritorialización me refiero al concepto que acuñaron los filósofos franceses Gilles Deleuze y Feliz Guattari para referirse al proceso por el cual el sistema de producción capitalista se adueña de toda resistencia que se le oponga, para hacerla útil para sí misma; como ocurre a día de hoy con ciertos sectores hegemónicos socialistas, feministas y anti-racistas.

¿Cómo lograr aportar algo valioso a nuestras comunidades si en su mayoría ya ni existen? Apostar por una comunidad que no existe es apostar por un fantasma que no recorre ni Europa ni América Latina ¿Dónde se haya esa «alma colectiva» que tan brillantemente fue descrita por Emile Durkheim? Cuando uno, pero sobre todo, «una», camina por la calle no observa un sistema social cohesionado, en donde cada individuo coopera para su buen funcionamiento y las anomias son aisladas del resto. Cuando se camina por la calle se encuentra inmerso en el anonimato, y es por medio del anonimato que participamos de la colectividad, de la heterogeneidad que mantienen nuestras enormes ciudades-purgatorio insertas en lo que Wallerstein llamó «sistema-mundo», en la que naciones poderosas explotan a naciones conquistadas.

¿Hasta cuando los ateos rezarán y los creyentes entiendan que no basta con rezar?

¡No basta con decir!

¡No bastan con rezar!

¡No basta con pedir!

¡Es humillante trabajar turnos de 12 horas, de lunes a domingo por un salario, que más que salario, es una limosna! Una caridad. Una donación.

¡Es humillante que nuestro ocio se asocie con pereza y no por un justo descanso de nuestra alienación!

¡Es humillante la impotencia de saber que ya no basta con tomar las calles físicas y analógicas (también llamada vía pública) si no se toman las calles digitales (que, sobre decir, son calles privadas)!

Humillante es no tener vivienda ni pensión aunque trabajaremos como esclavos para poner el pan sobre la mesa.

Humillante es que la salud de millones esté en juego por el EGO de unos pocos que se creen dioses.

Es humillante, y me produce vergüenza e indignación, que no entendamos que la violencia que padece nuestra nación (y nuestras naciones) no es un asunto de colectivos o de grupos identitarios. Cada desaparecida, cada desaparecido, cada asesinado, cada (como diría el Subcomandante Marcos) «muerto tan mortalmente muerto de muerte natura y de vergüenza de que NADIE HIZO NADA», cada victima de un crimen, atroz o no, no es un problema de un grupo ni de un individuo; es un problema de toda la sociedad. Es más, es un problema de toda la Humanidad.

Ya no basta con rezar, y pedirle a Dios que socorra las bocas sin comida antes de practicar la gula en la cena de año nuevo, mientras los «Poderosos Otros» (como los llamó Heidegger en su momento) engullen comida con impaciencia, hasta la nausea, para luego vomitarla; o en su defecto tirarla a la basura o destruirla, como presenciamos en repetidas ocasiones, en los programas de televisión con los que crecimos.

La nuestra es una situación desgraciada. A la fecha la vida está devaluada. Se asesina despiadadamente en cantidades masivas; aunque por motivos distintos y bajo condiciones distintas. Los demonios, así como los ángeles, nacen y mueren sobre la faz de la tierra.

Hasta que no sintamos tanta humillación como propia, estamos espiritual y éticamente imposibilitados de realizar cualquier acto revolucionario. «Imposibilitades», dirían por ahí, pero no soy de los que contemplan palabras, sino lo que hay tras ellas. Todo esto que expreso no es novedad. Se ha dicho antes, se dice ahora y (esperemos) se seguirá diciendo. Entonces ¿Cuál es el sentido de escribir tan extenso panfleto? Hacerles saber a los que no hayan oídos donde depositar su voz, sombras donde depositar sus cuerpos, garito donde depositar sus pies, que no están solos.

Seguramente alguien que cuando me (nos) lea diga: «pues claro, todo esto yo ya lo sé, y a diferencia tuya estoy haciendo algo más que la vacua acción de escribir». De ser el caso, te pido por favor, camarada de lucha, que me entiendas, y que si esta es una situación agraciada, simpaticemos. Por mi parte, tengo un ser que está dispuesto a entregarse por llevar a buen puerto la utopía que es menester construir, sobre todo en estos tiempos de desesperanza, pues como dijo Walter Benjamín: «por amor a los desesperados no podemos perder la esperanza».

No me dirijo a la clase trabajadora, a los proletarios, al colectivo LGTB, a las mujeres, a los pueblos indígenas organizados (a pesar de en ellos ver el sujeto de la historia más sublime que haya visto), ni a los pueblos racializados, ni a sus «Interseccionalidades», ni a tantos grupos que los académicos proclaman sujetos de la historia. Me dirijo a todos ellos y a ningunos. No me resulta relevante quien seas, ni de donde vengas. No me interesa lo que hicieron de ti en el pasado o lo que haces de ti para el futuro.

Me interesa una sola cosa, lo «tetica» de nuestras conciencias; es decir, que esté dirigida a los mismo; que desees con toda la fuerza de tu alma y desde lo más profundo de tu corazón, que en este mundo no se nazca para padecer, para sufrir hambre, frio, desamparo e ignorancia involuntaria. Que este sea un mundo en donde la pobreza sea una elección y no una condición, en donde tu cuerpo no determine el espacio al que puedes acceder con tranquilidad. En otras palabras, que tu sueño sea traer el paraíso a la tierra.

Traer el Edén al mundo; el Paraíso. El paraíso no viene al morir, como dicen los creyentes, ni es inexistente, como dicen los ateos. La respuesta es más simple de lo que pensamos: aún no lo hemos creado. Y aunque dude si llegará, su veracidad es inútil, porque existirá (aunque no lo lleguemos a presenciar) mientras exista Fe.

Pero el Paraíso comienza con lo que Marx llamó el «Pathos de la ignominia», que no es más que «enfermarse de indignación». Y mientras no trabajemos nuestra empatía, nuestra autenticidad y buena fe, estaremos condenados. Por ello, así como la indignación y la vergüenza, la humillación y la impotencia también son sentimientos revolucionarios.

No señalo actores directos porque, en el fondo sabemos que un sistema no cambia por señalar a unos cuantos, del mismo modo que un reloj no deja de funcionar por sustituir un engranaje con otro o un cuerpo tras un trasplante de corazón. Pero lo haré, en su debido momento.

Si ves en ti ese autentico deseo de crear esa utopía, si aún la sabes posible, considerémonos hermanos.

Y si de corazón difieres, encantado estaré de escucharnos, que buena falta hace, a mi parecer.

Por: Víctor D. Ramírez Gutiérrez (Rizomarx)