El siguiente texto no puede ser citado en ningún caso, en primera instancia, porque es una somera reflexión y consideración en torno a esta escuela teórico-metodológica de la filosofía. En todo caso, siempre debiera referirse el lector a la obra original de su fundador, Edmund Husserl. Esta no es más que una recopilación de ideas y de ejemplos que fungen más como un texto pedagógico que como un texto académico, cuyo fin es hacer inteligible una serie de conceptos que pueden causar confusión en un primer acercamiento. Así, pues, esta es una explicación de explicaciones previas, por lo cual, ninguna de las siguientes ideas son de mi autoría en ningún caso, más que en aquellos ejemplos originados desde mi propia experiencia vital. Claro está, devienen de mis lecturas de diversos textos recopilatorios que explican la filosofía de los autores pertenecientes (o que adoptaron) este enfoque de observación y reflexión, tales como: Edmund Husserl, Max Scheler, Alfred Schütz, Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir o el mismo Heidegger.

En un primer momento, la fenomenología genera un quiebre en torno a la inmanencia de la conciencia como mera subjetividad. Esto no significa que la subjetividad no exista, simplemente quiere decir que la conciencia no es pasiva en un sentido de interioridad de nuestro pensamiento, sino que la conciencia siempre nos remite al mundo. Pero ¿Qué es el mundo? Entiendo por mundo la totalidad de entidades que se encuentran en perpetuo cambio. Los objetos, las personas, las partículas; básicamente cualquier ente que le corresponda una abstracción, o que cuando menos pueda ser imaginado.

Hace un momento, justo antes de que naciera en mí la idea de redactar este ensayo, fumé un cigarro. Lo tomé, al igual que el encendedor, salí al balcón de mi alcoba, lo encendí y lo fumé. Intercalé mis inhalaciones del delicioso humo, para, posteriormente, tirarlo cuando se terminara. ¿Qué significa toda esta serie de eventos? Revela básicamente un cambio de estados en la realidad. La realidad es dinámica, contingente, está en cambio permanente (al menos hasta donde nuestro conocimiento puede entender). Siendo contingente, las cosas cambian de lugar físicamente. Cuando yo tomo el cigarro de la cajetilla, es porque en mí nace una intencionalidad, un fin, un objetivo: fumar el cigarro. Para que ese fin pueda ser realizado necesito antes que nada, una mente que piense, un cuerpo que desplace los objetos y una serie de medios.

Los medios, como su nombre lo indican, es lo que se encuentra, valga la redundancia, en el medio entre mi fin pensado y mi fin realizado. Es decir, un fin se piensa antes de realizarse, al menos respecto a una existencia de un proceso de volición. En este caso ¿Cuáles son los medios? En primer lugar, claro, es realizar una serie de operaciones espaciales que me permiten tomar un cigarro con mis manos, tomar el encendedor, salir al balcón, encenderlo, fumarlo y terminarlo, para finalmente lanzarlo. Para lograr mi fin tuvo que haber una serie de eventos dados. Ahora bien, hay algo más allá de la conciencia, como lo pueden ser el encendedor, y el cigarro, que se desplazan en el espacio para cumplir mi fin. Así puede sustituirse con cualquier actividad, proveniente de cualquier subjetividad. Claro, esto es en mi caso, estando solo, y no apelando a algún semejante mío (otro). Si bien, ninguna otra conciencia estuvo en contacto conmigo, y se podría argüir que mi intencionalidad no puede ser social, lo cierto es que para realizar todo lo necesario para fumar el cigarro, antes de eso hubo una serie de procesos invisibles que sí refieren a otros. En primera instancia tengo que tener la capacidad del lenguaje, que me permite cartografiar los objetos, y no perderme entre ellos, distinguiendo los unos de los otros; la abstracción es a lo que me refiero: la capacidad cognitiva de distinguir mentalmente una parte de un todo. Así como también tuve que aprender antes a realizar la actividad, y esa no es una posibilidad innata (nacer sabiendo hacer eso), tuvo que haber un aprendizaje de esa técnica que me permitió operativizar y calcular una serie de pasos que me lo permitieran, así como en mi memoria tuve que recordar el sabor o el efecto de cigarro para darle nacimiento u origen a mi fin pensando.

¿Qué significa todo esto? Que esa realidad, que describí como dinámica y en la cual me encuentro, no es rasa ni prístina. Dicha realidad es cambiante, en primera instancia, a causa de mi fin, o, como decía Jean Paul Sartre: proyecto. Esa proyección implica una dimensión temporal, pues si existe la contingencia es porque existe un cambio en el estado de las entidades que residen en el espacio, es decir el mundo, y si cambiaron de estado eso es porque mi intencionalidad causó ese cambio (aunque algo causara mi conciencia antes, como la educación o la necesidad de aprender un idioma para saciar mis necesidades).

Así es como, mientras fumaba, en medio de un ejercicio de contemplación, vi el parque del frente de mi casa, el cual cuenta con diversos arboles de gran tamaño. Los arboles meneaban sus copas, y un estado físico me permitía percibir un sonido dado. No obstante, yo no era el que causaba ese cambio de estado de los entes del mundo. Claro, se podría argüir que algún otro sujeto tuvo la finalidad de colocar los árboles en cierta disposición, al igual que la tierra, o las rejas que protegen al parque, no obstante, en el momento de la observación, nadie las movía, no obstante, sería incorrecto afirmar que “se movían solas”.

Así fue como caí en cuenta de que existen dos especies contingencias, que llamaré (a falta de conocimiento sobre un pensador que haya nombrado esa abstracción con algún otro termino) contingencia natural-objetiva y contingencia mental-(inter)subjetiva. En la primera el cambio de estado de un ente no requiere intervención humana, es independiente a esta; la segunda, al contrario, depende enteramente de esa intervención. Entiendo también la segunda como un derivado de la primera, siendo la CMS[1] nacida en algún momento dado de la CNO[2]. Acorde al conocimiento científico válido a la fecha, la conciencia humana es de un origen desconocido pero inferible a haber nacido en el proceso de hominización de la especie, por ende, el CMS es relativamente un nuevo tipo de contingencia. Esto, claro, suponiendo que la realidad existe con independencia del observador; postura que no solo intuyo, sino que infiero racionalmente a partir de las propias tesis planteadas con anterioridad y a las que en este texto me remito somera y anónimamente.

Pero por la misma indeterminación de la CMS dentro de la CNO (Además de que tenemos conocimiento de causa distinto para cada una de estas), comprendemos un común a ambas: ambas hacen que las cosas cambien, espacial y temporalmente. Más allá de las especificaciones técnicas de orden físico, ambos tipos de contingencia interpelan a la conciencia. Mientras la CMS se genera a partir de la conciencia (aunque una vez realizada se vuelve un hecho necesariamente inmutable, o como dice Jean Paul Sartre, se transforma en un ser-en-sí y por ende también produce a la conciencia), la CNO produce la conciencia. Así es como la fenomenología opera. Básicamente, y acorde con las ideas de Husserl, toda conciencia termina siendo una “conciencia-de”.

No obstante, este proceso, en semejanza con la semiosis desarrollada por Charles S. Peirce, es potencialmente infinito. Al final de cuentas, como humanos, es decir, como sociedades, operamos con, según Max Weber arreglo a fines. Esto quiere decir que antes que nada realizamos acciones, practicas, desarrollamos tramas y creamos significados (aunque más bien, los significados ya existen y ellos nos crean, pero en efectos prácticos, no es relevante). Dichos fines, claro, pueden tener orígenes diversos, pero, como una constante, son fines, objetivos, primero pensados y luego realizados (o al menos surgen con la intención de ser realizados). Pero podemos estudiar a cabalidad un fin, pero esto nos segaría de lo más importante a mí parecer: que los fines son concatenativos, es decir, detrás de uno viene otro; y esto es solo posible gracias a la existencia de una otredad, de otras conciencias. Sin Otros que operasen con fines, no habría fines propios. La demarcación entre fines individuales y fines colectivos es, para mí, endeble, pues uno no puede saber con plena certeza hasta qué punto un fin que parece propio no puede haber sido generado por alguna fuerza estructural externa, pero claro, si bien, una fuerza externa puede orientar una conciencia, tengo fe en que no la puede determinar, al menos no sin la posibilidad de esa conciencia de ser, valga la redundancia, consiente de dicho control.

Así pues, nos encontramos en un perpetuo cambio de objetos (lo que Heidegger llamó oportunamente útiles) en un circuito de cambio imparable, que puede acelerar o desacelerar, siendo uno de los flujos más importantes el proceso de producción capitalista, que es claramente un fin social cuyas causas han sido exploradas a precisión desde que el materialismo histórico existe, con el correspondiente desarrollo de esa escuela de pensamiento.

Así, la fenomenología ofrece una forma de comprender estos cambios, esto flujos y estas contingencias, aparentemente imparables, en donde significado, espacio, tiempo, mente y sociedad compaginan para generar una potente comprensión de todo aquellos que sea susceptible a ser percibido y conocido por cualquier humano.

En conclusión: la fenomenología saca la conciencia de su encierro, en el alma o en el cerebro, y se complementa bien con enfoques macro sociológicos, que no tendrían un correcto desarrollo teórico si no se pensara en los efectos de los sujetos que se encuentran inmersos, cuasi incrustado o “fusionados con el mundo”, siendo a su vez, parte de este; la parte que sabe que es una parte, un mero fragmento.


[1] Contingencia Mental-(inter)Subjetiva

[2] Contingencia Natural-Objetiva