1.- Desde su inauguración en 1910 y durante todo el siglo XX, la población estudiantil de la Universidad Nacional ha estado compuesta en su mayoría por hombres. En los últimos treinta años esta proporción ha cambiado, aunque el número de mujeres no rebasa el 1.5% en relación al número total de hombres que es aproximadamente de 174 mil estudiantes, para un total superior a los 356 mil estudiantes. Esta relativa mayoría de mujeres (más de 180 mil) no se manifiesta aun ni en los posgrados, ni en el conjunto del profesorado, ni en el bachillerato, donde la mayoría de estudiantes y profesores siguen siendo hombres. Lo que también se manifiesta en la administración de la universidad, donde los mandos medios y altos son en su mayoría ocupados por hombres, ni hablar de la Junta de Gobierno donde sólo cinco de quince integrantes son mujeres. (Ver series históricas, portal UNAM)

Las causas históricas y sociológicas de este fenómeno son muchas, sin embargo, habría que mencionar aquellas ideologías (patriarcales) que durante décadas han dominado en el Estado, la Academia y la Familia, y que han limitado sistemáticamente el acceso de las mujeres a la administración pública, la escuela y la libertad personal. Si bien las mujeres (maestras, periodistas, etc.) fueron las grandes promotoras de la revolución en contra de la dictadura de Porfirio Díaz antes de 1910, tuvieron que pasar décadas para que en México el voto de las mujeres fuera aprobado (1953), para que fuera electa una mujer diputada (1954), para que fuera electa una mujer senadora (1967), para que fuera electa una mujer gobernadora (1979), y aun no se da el caso que sea electa la primer presidenta de México, ni la primera rectora de la Universidad Nacional, un siglo después de haberse fundado la universidad e iniciádose la revolución contra Porfirio Díaz.

2.- La desigualdad estructural en la universidad, donde los nodos centrales son ocupados por hombres, ha estructurado en todos los espacios de la universidad (salones de clase, oficinas, instalaciones deportivas, etc.) relaciones de subordinación y colonialismo de los hombres sobre las mujeres, quienes comúnmente son consideradas inferiores no sólo por razones biológicas sino también culturales y de clase (machismo). Siendo la universidad un aparato reproductor y difusor de las ideologías dominantes del pensamiento occidental (nacionalismo, capitalismo, antropocentrismo), no es para nada raro considerar la existencia a su interior de grupos de poder empeñados en seguir negando oportunidades de desarrollo profesional y personal para las mujeres, mediante el acoso laboral, escolar y sexual, y que incluso han elaborado tradiciones de hostigamiento para desalentarlas o abusar de ellas, como en las facultades de Ingeniería, Derecho, Trabajo Social o al menos eso creíamos hasta que se han destapado casos en todos y cada uno de los planteles de la universidad.

Al menos desde los años sesenta, conforme ha ido multiplicándose la población, las necesidades del sistema capitalista y los deseos de libertad personal y justicia social, las mujeres han venido pugnando por acceder a estudios profesionales superiores, a la administración pública y a mejores oportunidades laborales. Lamentablemente, no obstante que en la actualidad las mujeres son un sector importante de la Población Económicamente Activa y que gran cantidad de ellas han tenido y tienen acceso a educación superior, sigue manifestándose una desigualdad estructural en muchos aspectos, por ejemplo, como es bien sabido, en los salarios de las mujeres que son significativamente menores que los de los hombres, tanto en puestos superiores (administrativos) como inferiores (obreras), sin olvidar el trabajo doméstico que la gran mayoría de estas mujeres realizan y que es importante para la reproducción biosociocultural de la fuerza de trabajo explotada por el capitalismo, de la que ellas mismas forman parte.

3.- De un tiempo a la fecha el lenguaje inclusivo ha producido interesantes controversias en la opinión pública y espacios académicos. Hay quien dice que usar lenguaje inclusivo es una especie de autoengaño cuando en la realidad la desigualdad sigue imperante, por lo que es más realista seguir usando el genérico masculino. Sin embargo, también hay quien afirma que el uso del lenguaje inclusivo lleva la intención de mostrar una lucha que pretende ser negada u ocultada, como es la lucha de las mujeres contra la desigualdad socioeconómica y política. Ambas consideraciones parecen ciertas. Por ejemplo, en los comunicados oficiales de la universidad ya es común que se utilice lenguaje inclusivo, la autoridades universitarias han también reconocido el problema de la violencia de género en su interior, misma que ha provocado desde hace unos años encendidas protestas por parte de mujeres organizadas hasta llegar al conflicto actual, sobre el cual en días pasados las autoridades universitarias difundieron que ya se habían resuelto las demandas de las mujeres organizadas de la FFyL, como de otros planteles en conflicto, por lo que no quedaba más que levantar el paro. Este uso del lenguaje inclusivo podría ser un autoengaño para quienes emiten el discurso y además de mala fe pues si el conflicto estuviera resuelto no habría al menos ocho escuelas de la universidad en paro total de actividades -hay que ser realistas. En este sentido también podríamos interpretar el uso del lenguaje inclusivo en la universidad y particularmente por las universitarias y por sus autoridades, como evidencia de un conflicto que no se puede soslayar por más tiempo y tiene que nombrarse, tiene que solucionarse.

Es importante reflexionar que tal conflicto no es una lucha entre sexos como los machistas lo perciben en su lógica, ni sólo contra los propios límites del liberalismo de ahí la demanda de Comisiones de género y aplicación de severas sanciones administrativas y penales como algunas feministas liberales pretenden, sino un movimiento que se manifiesta contra la violencia estructural y cotidiana hacia el sector más grande de la población, que es ejercida y mantenida, no por hombres abstractos, sino por todas y todos aquellos que participan en la producción de capital, conocimiento, placer o poder, mediante la explotación, el despojo, la represión, el acoso, la opresión y la muerte, lo que tiene implicaciones locales, regionales, nacionales, mundiales y por supuesto, individuales, colectivas y familiares. Esto significa que la lucha de liberación de las mujeres va siendo parte de la lucha por la liberación de la humanidad entera contra el capitalismo, porque es el capitalismo quien sostiene el actual régimen patriarcal, de ahí que se estén rompiendo varios de nuestros límites culturales conocidos (incluyendo los lingüísticos).

4.- La Universidad debe afrontar la rebelión de las mujeres desde la autonomía y la creación cultural. Puesto que el problema de la violencia contra las mujeres sobrepasa a la universidad pese a que en sus espacios miles de personas pasen más de doce hora seguidas más de 330 días al año, no podemos sino intentar experimentos locales -no hay recetas- para hacer marginal la violencia contra las mujeres -y contra cualquier persona en general- en la universidad. Ejercer la autonomía contra la violencia hacia las mujeres significaría, por ejemplo, aumentar salarios, brindar mayores prestaciones, garantizar acceso a transporte seguro, guarderías infantiles, contratar más profesoras de tiempo completo, aumentar salario a las de asignatura. El cuestionamiento, en su quehacer de difusión, investigación y docencia que realiza la universidad, hacia toda ideología que proponga cualquier superioridad del tipo que sea (nacionalismo, racismo, especismo, antropocentrismo, machismo, liberalismo, etc.), la puesta en programas curriculares de cursos obligatorios de feminismo, historia de las mujeres y anticolonialismo, en bachillerato, licenciatura y posgrado. Apoyo a las creaciones artísticas, literarias, académicas, realizadas por y para mujeres, por mencionar algunas ideas ya antes propuestas por las propias mujeres. Para imaginar soluciones hay que partir de que la sexual no es la única violencia contra las mujeres, sino que la violación (y asesinato) de los cuerpos  es el último paso de la opresión capitalista patriarcal para la dominación total, por lo que hay que combatir otras violencias que son parte del mismo problema: el acoso escolar, el desprecio sistemático, la represión de la libertad, la explotación salarial, violencia en el noviazgo, la violencia emocional, todo ello desde la solidaridad, la empatía, el anticolonialismo, la autonomía, la justicia, el feminismo, y por qué no, también desde la administración de la universidad, en sus reglamentos y ley orgánica.

5.- En este momento del conflicto, pareciera que el impasse se encuentra en que las autoridades no quieren despedir o expulsar a aquellos indiciados de ser parte de la violencia sistemática en contra de las mujeres al interior de la universidad. Es probable que muchos de esos indiciados tengan derechos laborales (son profesores y funcionarios) y que el acoso sexual y escolar no esté tipificado como falta grave en los reglamentos universitarios, razón por la cual las autoridades afirman que cada caso debe investigarse a profundidad y no se atreven a despedirlos. Estas y otras fallas en la legislación universitaria, por ejemplo la elección antidemocrática de las autoridades universitarias, se deben a que no se ha realizado la profunda reforma a la universidad que se ha demandado desde hace más de tres décadas. Al respecto hay que hacer notar que ni en el movimiento universitario del 86-87, ni en el del 99-2000 (donde la población de mujeres era de 49.9%, mientras que hoy es de 51.1%), hubo demandas específicas relacionadas con el sector de mujeres universitarias y muy por el contrario se dieron expresiones de violencia hacia ellas al interior del movimiento, al grado que incluso, por ejemplo, durante la huelga del 99-2000, hubo una brigada autoconsiderada «misógina» en la mismísima FFyL, por lo que no es raro que hoy día esta facultad sea foco de revuelta. Lo anterior significa que aun cuando se hubiera dado una reforma universitaria tras el movimiento del 99-2000, como la que (no) se llevó a cabo en 1990 tras el movimiento del 86-87, de todos modos en algún momento se habría dado una rebelión de las mujeres como la que hoy estamos viviendo, porque la violencia contra de ellas es de una data mucho más antigua que el neoliberalismo y sus intentos de privatización de la universidad. Esto debe hacernos reflexionar que el actual es un movimiento inédito, que es importante apoyar no sólo en por la liberación de las mujeres, sino también como una manera de impulsar en la universidad la realización de las reformas aplazadas que contribuyan a encarar la actual crisis del ecosistema sociocultural terrestre y en particular la crisis socioeconómica por la que atravieza el país.

Todos los movimientos sociales cometen errores políticos (y del actual podrían señalarse varios), pero independientemente de ello hay que considerar un acierto el movimiento de mujeres en la universidad y como un despropósito la represión ordenada por los machos que mal gobiernan la UNAM. Represión que no sería la primera vez que agranda el conflicto antes que desactivarlo, pues siempre les nubla su interés por conservar sus privilegios, así que si aun no se ha dado no por ello podemos descartar la integración de un solo movimiento organizado de mujeres que paralice toda la universidad en los próximos días (pj. el 8 de marzo), ello independientemente de cómo se resuelva la actual coyuntura porque el conflicto va seguir en tanto que la violencia contra las mujeres se mantenga en otros espacios sociales, las calles, el transporte público, el empleo, la casa, las plazas, etc..

6.- Finalmente, queremos hacer un llamado a todos los hombres, a todas las personas independientemente de su identidad sexogenérica, a que nos pronunciemos a favor de la resolución del actual conflicto en la universidad y en contra de la violencia capitalista hacia las mujeres. La liberación sociocultural de las mujeres no sólo es en beneficio de las mujeres sino de toda la humanidad. La complicidad, el encubrimiento, la corrupción, la amenaza, el chantaje, no deben tener cabida en las relaciones entre universitarios y universitarias, y entre la población en general. Toda falta debe ser sancionada. Es deber de la universidad garantizar el respeto hacia espacios libres y autónomos para la creación cultural y la crítica social. Nuevas formas de relacionarse, de amar, desear, aprender, experimentar, precisan ser imaginadas y puestas en práctica. La mercantilización de los cuerpos y las emociones, la hypersexualización de las mujeres y la frustración capitalista, son la peor combinación en la mente de un hombre de tradición machista. Por ello es importante que en la universidad sigamos abriendo espacios de intercambio y tolerancia donde aprendamos a relacionarnos sin violencia, sin aires de superioridad, sin apropiaciones privadas de los cuerpos, sin ideologías colonialistas, sin jerarquías, sin acoso sexual y escolar, y sin lógicas capitalistas, para así desalentar agresores y agresiones en potencia. Este cambio social nos va llevar tiempo, pero implementarlo es lo mejor que podemos hacer.

La puesta en marcha de este cambio no debe dejarse en manos de la universidad, menos aun cuando ésta es dirigida por grupos de poder compuestos en su mayoría por hombres o que utilizan a las mujeres sólo para aparentar renovación moral. La puesta en marcha de este cambio debe ser asumida con libertad, responsabilidad y compromiso, por las propias mujeres organizadas, no sólo estudiantes y académicas, sino también trabajadoras administrativas. En algunas de las dinámicas de lucha podrían ser incluidos las demás personas, no solamente mujeres, independientemente de que tengan la obligación de generar sus propios espacios y reivindicaciones, no sólo para sumar fuerzas, sino también para que en el propio proceso de lucha puedan vivir un despertar, aprender otras formas de relacionarse y comprender la necesidad de la ruptura del orden colonial que somete a las mujeres a las peores condiciones de sobrevivencia.

Si para que se reanude el semestre se pide que sean despedidos o separados de sus cargos funcionarios y profesores indiciados de violencias (no sólo sexual sino también política y escolar), las autoridades universitarias deben actuar en consecuencia, pues es precisamente la existencia de cotos de poder lo que impide la aplicación de normativas ya ideadas para combatir la violencia contra las mujeres, por lo que tales funcionarios y profesores deben ser cesados independientemente de que tengan derecho a impugnar su despido. Las autoridades no pueden anteponer los derechos de unos cuantos machos por sobre las funciones de la universidad y el derecho a una vida libre de violencia. La función primordial de la universidad no debe seguir siendo el coadyuvar en el sostenimiento de la situación colonial actual, sino la liberación cultural y humana.

Gracias
Febrero 2020