Para La Llorona

Una de las consecuencias patentes de la llegada del posmodernismo a las ciencias sociales es sin duda la fragmentación del llamado «objeto de estudio». Esta fragmentación en un momento dado puede ser metodológicamente acertada pero inconvenientemente limitada a la hora de teorizar: recuérdese aquel viejo axioma que dice que la suma de las partes no es igual a la totalidad. Tal vez el ejemplo más conocido y de lamentables consecuencias teóricas, es el de la fragmentación del colonialismo.

Hace cincuenta años Balandier ya alertaba que fragmentar al colonialismo llevaba la intencionalidad política de fragmentar la crítica y la acción política anticolonial. El colonialismo, según este mismo autor, tiene tres campos principales de dominación, a saber, las acciones político-administrativas que tienen la finalidad de controlar a la población mediante la imposición de un sistema político administrativo con funcionarios leales a las metrópolis, que lleva a cabo un proceso de pacificación a sangre y fuego, que abre caminos y carreteras, que cobra impuestos, que fragmenta grupos sociales, que rompe viejas unidades políticas, que hace reagrupaciones artificiales, que balcaniza, que margina, etcétera, etcétera; las acciones económicas, debido a las cuales los nativos son convertidos en proletarios, se destruye a la familia como unidad económica, se despoja de tierras a las familias campesinas, se implanta una política monetaria para controlar el flujo de los intercambios, se segrega social, racial y territorialmente a la población subyugada,etcétera, etcétera; y finalmente, las acciones de dominación cultural de los grupos dominantes sobre los grupos dominados a los que reprimen y racializan, que difunden ideologías justificadoras de la explotación y la desigualdad, que crea divisiones artificiales en la población, incluso a nivel religioso para crear pugnas y desunión, que producen alteraciones en la personalidad, tales como la apatía, la amnesia cultural, el amor por el colonizado, el odio y la vergüenza por si mismo, que difunde valores propios del individualismo capitalista, etcétera, etcétera, etcétra. (Ver, Balandier, George (1970) «La situación colonial»).

Cuando por metodología o por moda solamente estudiamos el «racismo» o el «clasismo» o el «machismo» o cualquier otro dispositivo de dominación no estamos sino analizando una pequeña parte de los sistemas coloniales. Lo peor es que no falta quien después de estudiar varios de los aspectos antes mencionados propone unirlos inventándose para ello un terminajo carente de toda profundidad teórica y se atreve a decir que en tal o cual país se vive un orden social «clasietnoracista, en ese orden», lo cual es francamente inútil existiendo ya un concepto histórico, teórico y político, de fuerte contenido crítico, como es el de colonialismo y que incluye en su campo de miras a todos los dispositivos de dominación inherentes a una situación colonial. Recuérdese también, a propósito del insulso debate sobre pigmentocracia que se dio hace unos días en facebook y twitter, que el racismo que se centra en el color de piel es el racismo más común (vulgar, dice Fanon) pero no por ello el más importante, siendo el racismo cultural el de mayor impacto en el orden colonial pues es base de la ideología colonialista, ya que considera la existencia de un orden social jerárquizado en el que existen culturas superiores y cultures inferiores, con todas las implicaciones que ello tiene, lo cual es evidentemente falso, aunque para nuestros dominadores ha sido prácticamente un dogma por varios siglos, una creencia que los ha impulsado a cometer los peores genocidios y atrocidades en la historia de la humanidad.

La fragmentación del colonialismo no es el único caso preocupante. Desde hace varios años, cuando no décadas, hemos venido advirtiendo que en México se vive una guerra civil. Por supuesto, desde el Estado y sus aparatos de gobierno, así como sus intelectuales y medios de manipulación, constantemente ello se ha negado, lo cual ha tenido lamentables consecuencias para la vida social, política y económica del país. Sin mencionar la palabra guerra, en noticiarios y periódicos a diario se habla de las consecuencias de la guerra pero no de la guerra misma, pretendiendo ocultar así que vivimos en estado de guerra (caso curioso el del finado Jacobo Zabludowski, siempre cercano a la dictadura priísta, quien en sus últimos días con fino olfato y durante el sangriento sexenio de Felipe Calderón, comenzó a hablar de «partes y frentes de guerra» en sus noticiarios de radio; desde su muerte, en los medios oficiales nadie habla que vivamos en estado de guerra). Cómo poder identificar un estado de Guerra, en primer lugar, obviamente porque hay muertes, gran cantidad de muertes por todas partes, asesinados de las formas más horribles (decapitados, disueltos en ácidos, torturados, ahorcados y ametrallados); en segundo lugar, desplazados, gran cantidad de familias, mujeres, niñas, niños y hombres, jóvenes y adultos, que huyen de la violencia en sus regiones; en tercer lugar, gran cantidad de desaparecidos y desaparecidas y por tanto gran cantidad de madres (o mujeres en general) buscando a sus familiares (esposos, hermanos, hijas, hijos, etc.); en cuarto lugar, una infinitud de abusos contra la población, tanto contra la que se queda como contra la que se va, cobró de impuestos, robos, saqueos, terror, encarecimiento de alimentos y servicios, etc.; y finalmente, pero no menos importante, una alza nausebunda en feminicidios, violaciones y abusos contra las mujeres y las niñas. En todas las guerras modernas encontramos estos mismos elementos, son constantes.

Poner atención mediatica, centrar nuestros análisis en los feminicidios, violaciones y abusos contra mujeres y niñas ha servido, entre muchas otras cosas, para nombrar aquello que había sido sistemáticamente invisibilizado, no así, lamentablemente, para detener esa violencia. Si bien, una de las explicaciones más convincentes a este fenómeno ha sido el de ser una violencia estructural producto del patriarcado como dispositivo de dominación de acción múltiple sobre las mujeres, ello no explica en si mismo la intensificación que hemos estado viviendo en las últimas tres décadas. Y acusamos al Estado, acusamos al Capitalismo, acusamos a las Iglesias, acusamos a los Hombres y hasta sus madres, pero aun así no hemos podido detener esa violencia. ¿Por qué?

Sostenemos como hipótesis, aunque por supuesto no somos los primeros en lanzarla, que como en el caso de la relación entre racismo y colonialismo, los feminicidios y demás violencia contra las mujeres no son sino una parte del complejo hecho social que es la guerra, por tanto fragmentarla impide o dificulta una acción coordinada para formar un frente común de tal manera que podamos participar conscientemente en dicha guerra y ganarla. Puesto que más del 50% de la población son mujeres, puesto que de la gran cantidad de muertes y desapariciones diarias son mujeres, puesto que gran cantidad de la población desplazada son mujeres y niñas, puesto que quienes principalmente están buscando a sus familiares son mujeres, entonces, la conclusión obvia es que son las mujeres quienes tienen que participar con mayor decisión, entereza y valentía en esta guerra, a como lo han venido haciendo hasta ahora. No hay duda de ello. Tienen que tomar conciencia de la totalidad de la guerra, no de solo una de sus consecuencias, tienen que organizarse y tienen que actuar radicalmente. De hecho, lo están haciendo. No podría ser de otra manera, tenemos un aumento en mujeres chingadas.

La reivindicación de La Chingada.

La Chingada es sin lugar a dudas, la mujer violada. El Chingón es, por supuesto, el violador. Todo ello parece esquemáticamente muy claro, sin embargo, vale la pena reflexionar sobre el contexto donde surge el mito de La chingada para profundizar en su significado. Como La Llorona, La Chingada es una mujer que sufre la guerra colonial. Si La Llorona se lamenta permanentemente por sus hijos (o hijas) desaparecidos en la guerra de conquista, La Chingada padece la ofensa constante de haber sido violada o abusada no solo corporal sino también espiritualmente, en contextos de guerra social. Los hijos o hijas de La Chingada, son por supuesto, dentro de ese ideario, aquellos que con violencia expresan el rencor, el odio, el desprecio, de que han sido objeto durante toda su vida, abusando de cualquiera con quien se topen. El hijo de la Chingada es por definición un abusador, alguien que delinque o rompe las normas de la «buena convivencia» recíproca, aunque de ello no estamos seguros…

Y es que no hay evidencia que la mujer violada y por extensión, la mujer abandonada que decide, por presión social o elección individual, ser «madre soltera», sea una «mala madre». Todo lo contrario, durante el siglo XX asistimos a la multiplicación de las mujeres que decidieron ser madres, formar familia, sin estar en pareja con un hombre (u otra mujer). Así, por poner algunos ejemplos, en Suecia casi la mitad de los infantes nacidos a mediados de los años ochenta eran hijes de madres solteras, de igual manera el 58% de las familias negras en Estados Unidos en los años noventa estuvieron encabezadas por mujeres solteras, más aun, el 70% de los niños y niñas recién nacidos eran hijes de madres solteras (claro que no olvidamos que en los años noventa la guerra racial en Estados unidos se había intensificado, pero probablemente no todas esas mujeres habían sido violadas por hombres blancos o negros, sino que efectivamente suponemos se estaba dando, como dice Hobsbawn, un cambio en la estructura familiar y en el pensamiento de las mujeres negras y de las mujeres en general). En México las estadísticas más recientes reportadas en medios hablan de que 33 de cada 100 mujeres madres son madres solteras. Esto signfica, entre otras cosas, que Las Chingadas son mujeres trabajadoras, responsables, que crían a sus hijos e hijas, la mayoría de veces con ayuda de sus familias, que les dan educación, vestido, alimentación y procuran su salud. A este respecto tampoco hay evidencia que demuestre que quienes delinquen (violan, asesinan, roban, comercian con los cuerpos de mujeres y niñas) sean en verdad hijos de La Chingada, es decir, hijos de madres solteras -que no solas-, violadas o abandonadas, sino que muy por el contrario, como afirma la consigna, quienes realizan esos actos son hijos sanos del patriarcado, es decir, hijos de los chingones o chingadores.

Aunque en la actualidad y en algunos lugares las razones para elegir ser madre soltera, como hemos mencionado antes, no se relaciona con el haber sido víctima de violación o el haber sido abandonadas por un hombre, dentro de las estrategias de guerra y particularmente en las llamadas guerras interétnicas, la violación sistemática de mujeres y la tortura sexual, son consideradas armas de guerra. Los casos más recientes los podemos encontrar en la guerra de los Balcanes de los años noventa donde miles de mujeres de uno y otro bando fueron artera y sistemáticamente violadas y obligadas a ser madres, o de manera más reciente en algunas regiones de África y Medio Oriente donde grupos fundamentalistas secuestran, violan y obligan a ser madres a cientos de mujeres con el fin de crear sus «comunidades». Para nosotros es claro que esta es una práctica de guerra antiquísima, al grado que si no hay mujeres violadas y abusadas podríamos afirmar que no hay una situación de guerra. Hoy en México y en gran parte del mundo hay una situación de guerra, no lo ve quien no lo quiere ver.

Entre 1910 y 1920, en el periodo más álgido de lo que conocemos comor Revolución Mexicana donde más de la mitad del millón de muertes calculadas correspondió a mujeres, niñas y niños, la violación y asesinato de mujeres fue una práctica de guerra que realizaron todos los grupos militares en pugna, aunque por supuesto la historia oficial se la ha achacado con mayor medida a las fuerzas rebeldes, campesinos, indígenas, zapatistas y villistas, lo cual hay que cuestionar, no porque no hayan cometido esos actos, sino porque la propia revolución y la participación de soldaderas en las filas rebeldes se explica precisamente como una decisión para luchar en contra de los abusos que desde la conquista las mujeres habían estado padeciendo, es decir, por siglos. Contra lo que dice la historia oficial fueron las mujeres quienes como periodistas y maestras agitaron contra la dictadura varias décadas antes del estallamiento de la revolución, por ello es que con la llegada al poder de los militares quienes mantuvieron y reprodujeron el viejo Estado patriarcal las grandes derrotadas van a ser las mujeres. Su derrota fue la derrota de todas las fuerzas rebeldes. Tuvieron que pasar varias décadas para que movilizaciones de mujeres arrancaran conquistas al Estado.

Así como cuando hace unos años «las putas» salieron a desmentir que los políticos sean sus hijos, de igual manera los hijos e hijas de La Chingada tenemos la obligación moral de reivindicar a nuestras madres y a nosotres mismas porque el desprecio hacia las mujeres violadas o abandonadas, y a sus hijas e hijos, solo cobra sentido en un contexto donde el machismo es dominante y es hora de que pase a ser marginal o residual. Para reivindicar a La Chingada, así como sublimamos a La Llorona, probablemente tendríamos que dejar de usar vocablos asociados a ella y sus expresiones más comúnes (me siento chingón, me va de la chingada, me la voy a chingar, etc.) aunque lamentablemente la resignficación de las palabras no sucede tan rápido como a veces quisiéramos, o por el contrario, para promover tal resignficación, podríamos también afirmar que La Chingada y a sus hijas e hijos, son personas que se esfuerzan día a día, que luchan contra el patriarcado, que son feministas, anticolonialistas y por tanto, también son anticapitalistas, es decir, cambiar el discurso. Los daños emocionales, psicológicos y culturales, que produce la violación pueden ser en parte resarcidos si dejamos a un lado la estigmatización de Las Chingadas, no con el fin de normalizar la violación como alguien podría pensar, sino con el fin de que las mujeres generen una autoliberación erótica y social como mujeres y como colonizadas, autoafirmarse como personas íntegras. No obstante ello podría no ocurrir, nos referimos a ponerle fin a la violencia contra las mujeres. si no conseguimos organizarnos y ganar la guerra.

Si las mujeres están en todos los frentes de guerra luchando contra el desplazamiento forzado, las desapariciones, los asesinatos, la búsqueda de familiares, los abusos (acoso sexual, laboral, etc.) y en la creación de otras formas de vida en común, ¿qué es lo que les impide -y no solo a ellas, sino a todos y todoas- organizarnos para actuar coordinadamente en todos esos y otros frentes de lucha de manera conjunta? En principio pensamos que la causa está en la propia fragmentación de la realidad que posmoderna e incorrectamente hacemos. Si el análisis de la totalidad, de la guerra o del colonialismo, implica el análisis de la diversidad o de las partes en movimiento, es decir, como parte de un proceso histórico, ello significa que debemos, en cierta manera, dejar de enfocar nuestra critica solo a un aspecto de la guerra o del colonialismo y comenzar a actuar organizadamente en todos los frentes de lucha, brindar apoyo a las madres que buscan a sus hijas e hijos, apoyar a las familias desplazadas y organizarnos para no seguir siendo asesinadas y asesinados impunemente, etcétera, etcétera. No quiere decir que no se haya hecho o que no se esté haciendo de manera individual o en pequeños colectivos, sino que habría que hacerlo multitudinariamente y de manera efectiva, volcarnos a la acción directa reivindicando todos y cada unos de los frentes de lucha, así como sus demandas, para avanzar conjuntamente hacia el triunfo en la actual guerra mundial. Los parlamentos de mujeres podrían ser un buen espacio de organización para ello.

Aplaudimos la convocatoria que el EZLN ha lanzado con ese fin y esa mirada totalizadora que les caracteriza. Debemos detener tanta chingaderas contra quienes nacimos chingadas o nos han chingado en esta insostenible situación de la chingada y dejar de pensar chingaderas, qué es eso de andar namás imaginando como chingarse a la otra, al otro, u otroas.

Somos los hijos e hijas de la chingada y NO, no nos los vamos a chingar

Gracias.
Agosto 2019